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Customized by CORREA 100% made by VANS
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VIRTUAL OVERLOOK | 2007 - 2011
All rights are reserved by Arturo Correa, and works may not be reproduced in any form or by any means, except with the prior written permission of Arturo Correa
DECLARACION DEL ARTISTA
Mi trabajo escenifica un choque dinámico entre caos y claridad, dando lugar a un diálogo visual entre los dos mundos que habito: Venezuela, donde nací bajo un cielo cargado de historia y calor, y Estados Unidos, el lugar de la reinvención artística y la transformación de mí mismo. No se trata de una hibridez estática, sino de una negociación performativa de identidades, un juego caleidoscópico de arraigo y ruptura, donde cada marca en el lienzo opera simultáneamente como resto mnémico y provocación crítica.
Formado en el crisol de las animadas conversaciones de mis padres sobre ciencia, conducta humana y la frágil ontología de la existencia, concibo el arte como una forma contemporánea de alquimia: no reparación literal, sino operación de reencuadre que vuelve legible lo fracturado, lo absurdo y lo luminoso mediante un distanciamiento deliberado. Mi trabajo se nutre de Jean-Michel Basquiat y su línea insurgente y quebrada que late con rebeldía subalterna; de Robert Rauschenberg y su acumulación arqueológica del desecho, que excava significado de lo descartado; y de Oswaldo Vigas, cuya resonancia mítica y primal canaliza las corrientes ancestrales del continente. Estas influencias se entretejen en mis manos, hilvanando memoria, mito e ironía incisiva en estructuras cromáticas y formales que se resisten a la quietud.
El latido de mi herencia venezolana —ecos precolombinos, tradición oral familiar y los rituales tenaces de la tierra— sostiene todo. Las pinturas tempranas desplegaban figuras uniformadas (soldados, santos) en paletas saturadas de tradición folclórica latinoamericana, fusionando amor y crítica en comentarios sobre poder, pertenencia y resiliencia cultural.
Entre 2009 y 2017, aunque no toda mi producción fue de carácter político, incorporé de manera sostenida un cuerpo de obra que daba testimonio directo de la represión creciente bajo los regímenes de Chávez y Maduro. Ante la violencia documentada contra estudiantes manifestantes y disidentes civiles, el imperativo ético prevaleció sobre cualquier cautela: el silencio frente a la atrocidad no era una opción. La serie Solos en el Chimborazo (desarrollada principalmente en 2014 y 2017) condensó esta postura, utilizando fondos blancos como dispositivo formal y metafórico para evocar la soledad radical y la pureza moral de jóvenes desarmados enfrentando poder blindado con medios improvisados —palos, piedras, escudos de cartón y rosarios— en un acto de coraje casi delirante pero históricamente generativo.
Viviendo entre continentes, mi práctica se ha convertido en un puente tenso: no un enlace pasivo, sino una estructura oscilante que refleja tanto las grietas abismales como las solidaridades imprevistas. Cada lienzo negocia lo visceral y lo discursivo, estratificando texturas de calles caraqueñas, erupciones cromáticas caribeñas y contorsiones míticas. El diálogo resultante prospera en la tensión no resuelta, invitando al espectador a habitar los intersticios de mis mundos duales.
Esta es mi práctica: una afirmación encarnada y turbulenta de los hilos que nos atan —y de aquellos que debemos tener el valor de romper.