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DECLARACION DEL ARTISTA

 

 

Mi trabajo escenifica un choque dinámico entre caos y claridad, dando lugar a un diálogo visual entre los dos mundos que habito: Venezuela, donde nací bajo un cielo cargado de historia y calor, y Estados Unidos, el lugar de la reinvención artística y la transformación de mí mismo. No se trata de una hibridez estática, sino de una negociación performativa de identidades, un juego caleidoscópico de arraigo y ruptura, donde cada marca en el lienzo opera simultáneamente como resto mnémico y provocación crítica.

Formado en el crisol de las animadas conversaciones de mis padres sobre ciencia, conducta humana y la frágil ontología de la existencia, concibo el arte como una forma contemporánea de alquimia: no reparación literal, sino operación de reencuadre que vuelve legible lo fracturado, lo absurdo y lo luminoso mediante un distanciamiento deliberado. Mi trabajo se nutre de Jean-Michel Basquiat y su línea insurgente y quebrada que late con rebeldía subalterna; de Robert Rauschenberg y su acumulación arqueológica del desecho, que excava significado de lo descartado; y de Oswaldo Vigas, cuya resonancia mítica y primal canaliza las corrientes ancestrales del continente. Estas influencias se entretejen en mis manos, hilvanando memoria, mito e ironía incisiva en estructuras cromáticas y formales que se resisten a la quietud.

El latido de mi herencia venezolana —ecos precolombinos, tradición oral familiar y los rituales tenaces de la tierra— sostiene todo. Las pinturas tempranas desplegaban figuras uniformadas (soldados, santos) en paletas saturadas de tradición folclórica latinoamericana, fusionando amor y crítica en comentarios sobre poder, pertenencia y resiliencia cultural.

Entre 2009 y 2017, aunque no toda mi producción fue de carácter político, incorporé de manera sostenida un cuerpo de obra que daba testimonio directo de la represión creciente bajo los regímenes de Chávez y Maduro. Ante la violencia documentada contra estudiantes manifestantes y disidentes civiles, el imperativo ético prevaleció sobre cualquier cautela: el silencio frente a la atrocidad no era una opción. La serie Solos en el Chimborazo (desarrollada principalmente en 2014 y 2017) condensó esta postura, utilizando fondos blancos como dispositivo formal y metafórico para evocar la soledad radical y la pureza moral de jóvenes desarmados enfrentando poder blindado con medios improvisados —palos, piedras, escudos de cartón y rosarios— en un acto de coraje casi delirante pero históricamente generativo.

Viviendo entre continentes, mi práctica se ha convertido en un puente tenso: no un enlace pasivo, sino una estructura oscilante que refleja tanto las grietas abismales como las solidaridades imprevistas. Cada lienzo negocia lo visceral y lo discursivo, estratificando texturas de calles caraqueñas, erupciones cromáticas caribeñas y contorsiones míticas. El diálogo resultante prospera en la tensión no resuelta, invitando al espectador a habitar los intersticios de mis mundos duales.

Esta es mi práctica: una afirmación encarnada y turbulenta de los hilos que nos atan —y de aquellos que debemos tener el valor de romper.

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